México es un país
importador de gasolinas y productos petroquímicos, a pesar de poseer la materia
prima. Entonces, ¿para mejorar el desempeño de Petróleos Mexicanos (Pemex) es
necesario cambiar radicalmente el marco normativo a nivel constitucional y
privatizar el sector?
Específicamente,
Pemex ha sufrido una deficiente política energética y desmantelamiento, a
partir de los gobiernos de Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y
Felipe Calderón. Prueba de ello, la excesiva carga fiscal sobre Pemex la han
despojado, tanto de la renta petrolera (ingresos por venta del petróleo, menos
los gastos de exploración y extracción) como de todo su excedente de
explotación. Lo peor es que, por la concentración oligopólica del mercado mundial,
sus proyectos de inversión se tienen que financiar con recursos externos, como Proyectos
de Inversión con Impacto Diferido en el Gasto Público (Pidiregas) y Contratos
de Servicios Múltiples (CSM).
La utilización de
la riqueza petrolera como materia prima de exportación, en lugar de recurso
para la industria, se impuso como política hacendaria para gravar los ingresos
y entregarlos en forma automática a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público
(SHyCP) con el objeto de extraer de Pemex no sólo la renta petrolera sino todo
el excedente de explotación. Y del lado del gasto, la incorporación del
presupuesto de la paraestatal al Presupuesto General de Egresos de la
Federación redujo los gastos de inversión y mantenimiento hasta niveles de verdadero
peligro.
En la actual discusión
de la reforma petrolera, efectivamente hay que revisar las leyes reglamentarias
de los artículos 27 y 28 constitucionales para que esta paraestatal y Comisión
Federal de Electricidad (CFE), operen con visión de largo plazo y en un sentido
que fortalezca la economía nacional.
¿Entonces en dónde está la ineficiencia de Pemex? Además de la política de
desindustrialización instrumentada en los últimos sexenios, ésta
se demuestra también porque tiene una burocracia que no produce nada y además,
se fomenta la corrupción.
De este análisis,
se coliga la necesidad de concretar una reforma fiscal que haga más eficiente
la recaudación y el gasto público. El país obligatoriamente transitará en el
marco de una reforma fiscal que establecerá un esquema que va a elevar los
ingresos tributarios no petroleros, a fin de dar suficiencia del gasto público.
Hay que tomar en
cuenta, que la situación salarial y laboral del país ha cambiado constantemente,
por desgracia no siempre para bien del trabajador. Es importante analizar los
testimonios en las calles y en nuestras propias casas.
No sólo se tratar de cobrar mayores impuestos. Recordemos la historia,
cuando en Inglaterra en el año 1215, los impuestos altísimos, las represalias
contra los que no pagaban y la administración de justicia considerablemente
arbitraria, orillaron al rey Juan sin tierra a negociar y a elaborar la Carta
Magna. Es decir, te pago más impuestos pero concédeme y garantízame una serie
de libertades.
Hoy, esto implica que nuestros impuestos recaudados se utilicen con mayor
transparencia y para el bienestar de la población.
Ajustar el déficit recaudatorio, mediante el aumento
de los impuestos y la base gravable es un grave error, pues propicia mayor
precarización del empleo y una espiral de caídas del Producto Interno Bruto (PIB)
y del consumo.
En esta lógica neoliberal es erróneo pensar que los impuestos para los ricos no deben
ser elevados si se va a promover el crecimiento.
Sin embargo, es
indispensable una reforma tributaria que simplifique la recaudación, reduzca el
endeudamiento y asegure la sostenibilidad de la deuda pública.
Por ejemplo, México recauda 9.2 por ciento de su Producto Interno Bruto
(PIB) por ingresos fiscales, cuando países de América Latina recaudan el 15 por
ciento y países pertenecientes a la Organización
para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) recaudan aproximadamente el
25 por ciento de su PIB. En México de cada 10 personas que pueden contribuir o
participan dentro de la economía, únicamente 4 contribuyen al gasto público, es
decir, 6 de cada 10 personas de las que participan en la economía se encuentran
totalmente en la informalidad.
Lo mexicanos no tenemos memoria. La reestructuración
planteada en Pemex y la eminente reforma fiscal, va a implicar que los
trabajadores al final, tengan menos dinero para consumir y vivir. Acaso,
¿desregular, privatizar, reducir salarios, internacionalizar la producción y
basar el crecimiento en las exportaciones han resuelto los problemas de México?
Pemex ha sido la gallina de los huevos de oro, ha
sido empleada para financiar los abultados sueldos de los funcionarios públicos
de alto nivel, los gastos corrientes del gobierno y de su sindicato, los pagos
de intereses de operaciones no rentables y hasta fraudulentas como el Instituto
para la Protección al Ahorro Bancario (IPAB). Además la división corporativa de
Pemex creó una enorme complejidad burocrática que aumentó los costos y contribuyó
a que Pemex, como un todo, presente una pérdida contable desde 1998, ¿pero
ahora?
Si bien, hay que
prestar atención a esquemas de alianzas estratégicas como el de Petrobras, en
Brasil no todo es miel sobre hojuelas, pues también hay corrupción y se han
presentado denuncias de triangulación de dinero de empresarios, por el cobro de
comisiones a la dirección internacional de la empresa, que en su mayor parte han
acabado en las arcas del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB).
Reflexión
Pemex, con sus miles de defectos, siempre ha sido una bocanada de oxígeno
para el devenir económico del país; una promesa que no se ha cumplido pero que,
si logramos atender los rezagos sin abandonar el proyecto de nación, todavía pudiese
materializarse.
Como reflexión quiero concluir con esta frase de Martin Luther King: “Nuestra
generación no se lamentará tanto de los crímenes de los malvados como del
estremecedor silencio de los cobardes”.
E-mail: guillermoars@gmail.com
Twitter: @pumamemo
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